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Escribo porque existo.

Porque escribir es respirar cuando todo se apaga. Es mi refugio, mi impulso, mi grito y mi consuelo. Me sostiene en los peores momentos y me lanza hacia lo imposible. Cuando todo se desmorona, las palabras me salvan. Y entonces sucede la magia: un mundo nuevo nace de mi imaginación y se vuelve real, palabra tras palabra, como un conjuro que transforma el dolor en belleza.

 

Desde que tengo memoria, escribo. De niña, llenaba cuadernos con ideas, reflexiones y emociones que no cabían en mi pecho. Los convertía en poemas y ensayos, en gritos silenciosos que me ayudaban a liberar lo que ardía por dentro. Noche tras noche, me escondía en los mundos que creaba, y ahí, yo era la protagonista. La guerrera. Luchando contra dragones, venciendo gigantes.

 

Hoy ya no soy esa niña, pero sigo escribiendo. He caminado a través del fuego más profundo, y ahora mi voz brota desde las grietas. Mi escritura sangra heridas antiguas, abraza lo roto, lo oscuro, lo que duele. Todo eso es mío. Me pertenece. Me ha forjado. Me alimenta.

 

Son brasas vivas. Y yo, como las heroínas de mis historias, ardo, me consumo, y vuelvo a levantarme entre cenizas.

Andrea Ornos
 

 

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